Sabes que siempre intento convencerte con argumentos de la importancia que tiene que nos cuidemos. Que primero hay que cuidarse por dentro y si luego también queremos por fuera, fenomenal. Pues hoy me voy a poner especialmente pesadita con el tema. Porque creo que ya va siendo hora de que tomemos conciencia que esto de la salud es una cuestión de cada uno de nosotros y no solo de las instituciones sanitarias, y que en nuestra mano está ponérselo muy difícil al cáncer para que invada nuestro organismo, porque un terreno abonado para que crezca un cáncer, tiene que ver, y préstame atención, con lo que comemos.

Lejos del pesimismo de la terrible estadística de la SEOM que asegura que 1 de cada 2 hombres y 1 de cada 3 mujeres serán diagnosticados de cáncer a lo largo de su vida, esto que te voy a contar tiene que ver con la esperanza. Y tiene que ver con la esperanza porque aproximadamente el 40% de los cánceres se podrían evitar si ponemos de nuestra parte. A veces la cura está en nosotros mismos, recuerda siempre la máxima: es mejor prevenir que curar.

Y ahora es cuando te cuento la historia de Odile Fernández, médico de atención primaria y autora del libro “Mi revolución Anticáncer”. A Odile en el año 2010 le diagnosticaron un cáncer de ovario con metástasis en pulmón, sacro y vagina. Lloró todo lo llorable, maldijo todo lo maldecible y cuando terminó de hacerlo se dijo: esto no va a poder conmigo, yo quiero vivir. Y empezó a investigar, a empaparse de todo lo que relacionaba cáncer y alimentación, tanto en su vertiente venenosa como curativa. Y lo puso en práctica. Cambió su actitud ante la enfermedad y adoptó una dieta anticáncer.

7 años más tarde no solo ha burlado a ese 95% de probabilidades de morir, sino que hoy en día no hay ni metástasis, ni tumores. Los médicos la llaman milagro a lo que ella añade, milagro sí, pero currado.
Esa revolución con la que ha ganado un cáncer tiene mucho que ver con la comida. Con el principio hipocrático de dejar que alimento sea tu medicina. Frutas, verduras, pescado, poca carne, frutos secos…la dieta mediterránea, pero la de antes. Con todo lo que sabemos que es bueno, porque en el fondo sabemos lo que es comer bien, pero tanto la industria como nuestro día a día y nuestra pereza nos lo ponen muy difícil para hacerlo.
Hay que alejar a los cuatro jinetes del Apocalipsis de nuestra vida: tabaco, alcohol, obesidad y sedentarismo. Y debemos informarnos y saber cuál es la repercusión que tiene en nuestro organismo lo que comemos. Ya hay muchos estudios científicos que demuestran la relación directa de ciertos alimentos con determinados tipos de cánceres. Por ejemplo la prevalencia del cáncer de colón en el norte de España muy relacionado con la ingesta de embutidos y carnes rojas, o el vínculo azúcar- cáncer de mama. Pero hay otros factores, además de la alimentación, como la contaminación o los disruptores endocrinos, esas sustancias ajenas al cuerpo que alteran nuestro sistema hormonal de las que, y aquí va la denuncia, nos deberían proteger las autoridades sanitarias, porque no puede ser que ralles la piel de una manzana y saques un montón de cera que al quemarla huela a petróleo.